Una vez oí que los seres humanos somos un diamante cubierto de barro, y que ese barro no nos cubre de manera homogénea: tenemos partes con más barro, otras con menos y otras que dejan ver el brillo diamantino de nuestro interior. Esas partes por donde brilla el diamante que somos, son las virtudes que hemos conquistado.

Pero hay una única virtud que hace que las virtudes sean realmente virtudes, que hace que el diamante que somos brille auténticamente, esta virtud es la humildad, por ello se la ha llamado la madre de las virtudes.

Se puede ser valiente, generoso, bueno, o se puede ser fraterno, prudente, amable..., pero si falta humildad las virtudes carecen de alma; porque se puede ser generoso y compartir, pero si la persona que da no lo hace con humildad esa generosidad tendrá una carencia o una sombra: da porque espera recibir; la generosidad con humildad será sincera, será de corazón y esto la hace más verdadera.

Si vamos a un diccionario y buscamos la palabra humildad, vamos a ver que la define como la virtud que nos da conciencia de nuestras limitaciones y debilidades, y en obrar de acuerdo a este conocimiento.

Trabajar con uno mismo de manera real es trabajar con humildad, porque la humildad resta importancia a la personalidad y nos libra de sus dramas, para que asumamos de manera natural la responsabilidad de mejorarnos como seres humanos. Así, la humildad, nos lleva a partir de nuestro estado real interior, de lo que somos, de lo que tenemos y de lo que nos falta, porque no podemos buscar la verdad de nosotros mismos partiendo de mentiras psicológicas y mentales.

La humildad hace grande al más pequeño de los seres humanos, ya que por el solo hecho de poseer una virtud no somos grandes; el que posee una virtud sin humildad se hace grande a sí mismo para parecer grande ante los demás, quiere lucir lo que tiene. Pero la humildad hace que pongamos nuestra conquista al servicio de la humanidad, por sencilla que sea, sin la necesidad de lucirlo, sin necesidad de contarlo al mundo, por eso la humildad es el alma de las virtudes, o como decía el Buda la corona de las virtudes, porque alcanza su madurez con la humildad.

El ser humano con humildad está en posesión de las más grandes de las virtudes, tiene el don de la conquista interior y exterior, tiene el don del silencio, de la realidad, de la comprensión; el don de la entrega, de la libertad, de la convivencia, de la felicidad, es grande porque tiene humildad.

Patricia Cochón.